Tengo ganas de contarte algo de mi vida.
Todo el mundo cree que mi vida ha sido perfecta. Padres felizmente casados, los cuatro abuelos vivos, buena escuela, buena familia, dinero suficiente, buenos amigos, buen círculo social, buenas conexiones, todo infaliblemente bueno.
Pero nadie tiene ese agujero que tengo yo. Al menos eso creo. Nunca se lo había contado a alguien, y sé que al escribir esto, no solo te lo estoy contando a ti, sino a al menos 3 o 4 personas que me quieren y por ende me leen. Talves tu, la persona que me gustaría que lo leyera, nunca lo lea; pero eso está bien. Si sigo escribiendo es porque ya me gustó, porque ya me acostumbre a escribir aquí y a pensar que talves alguien en alguna parte del mundo me lee. Y quiere responderme, o hasta me responde, y eso se siente mucho mejor que tus decepciones.
Mis padres están todo el día en mi casa, no trabajan fuera. Lo hacían antes, pero hace siete años tomaron una decisión importante que aún hasta ahora me toma trabajo explicar y sobretodo asimilar. Decidieron dejar todo trabajo ligado al mundo, y empezar a servir a Dios, si, a Dios. Dejaron un sueldo envidiable, conexiones envidiables, colegios envidiables, futuros envidiables, para seguir a alguien que aunque no podemos ver, está ahí, encargándose de nuestros problemas.
No sé qué llevo a mis padres a tomar esa decisión, pero de algo estoy segura, a mi no me preguntaron si estaba dispuesta a todo lo que conllevaba esa nueva vida. Probablemente a muchos de los otros hijos de misioneros no les preguntan tampoco, pero a mi me hubiera gustado tener voz y voto. Al menos voz.
El primer año no lo sentí tanto. Ya en el segundo año, nos dieron la orden de mudarnos al interior del Perú (ya tu sabes a donde), fue raro y chocante. Jamás imaginé las cosas que aprendería, pero menos se me pasó por la mente todo lo que perdería.
Ya te dije que mis padres siempre están en casa, pero aveces desearía que fueran como el resto de padres. Que van a trabajar de 8 a.m. a 7 p.m. y que los fines de semana nos fuéramos de paseo. O que pudiéramos tomar vacaciones. Que fuéramos una familia un tanto normal.
Pero no, mis padres están siempre aquí y nadie se imagina lo feo que es eso. No porque estén detrás mio todo el tiempo. Sino porque es frustrante estar viendo una grandiosa película todos en la cama, y que llegue un fantástico discípulo que justo en ese momento es necesario que sea atendido.
Hay momentos en los que quisiera ser normal. Y hay momentos en los que adoro la vida que tengo. Porque en realidad, está llena de privilegios y beneficios, pero siempre siempre, está ese agujero en mi corazón preguntándose que pasaría si 1.- todo fuera diferente o 2.- alguien entendiera lo que siento y estuviera ahí para mi como alguna vez pretendiste estarlo tu.
Bueno, solo quería contartelo...gracias por no escucharlo.
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